La Muerte de Don Luis

 

Don Luis Mondragón murió un 7 de marzo de 2015 en un pequeño pueblo llamado la Huanica después de haber caído en la lucha contra el cáncer convirtiéndose en una víctima más de aquella mortífera enfermedad.

Sus últimas horas fueron acompañadas de rezos, salmos y cantos a Dios, el Dios que lo acompañó hasta su deceso, siendo el que escuchara sus súplicas para terminar con su sufrimiento, para que al final, con una expresión de paz y los brazos alzados al cielo, don Luis Mondragón pudiera partir de este mundo dejando la fría cascara detrás y con ella a todos aquellos que velaron sus sueños de angustia.

La gente le lloró al hombre y le rezó tanto como pudo, el frío cuerpo yacía en una caja fúnebre situada en el centro de un cuarto que ahora lucía frío y desolado, aunque estuviera lleno de gente a más no poder, la única sinfonía que se escuchaba en la sala era la de un abrazador silencio con un coro de llantos y sollozos, las lágrimas corrían por las mejillas de sus amadas y estimadas hermanas, de sus hijos, sus nietos y sus sobrinos, irónico es el caso… De que el hombre que en sus años mozos le trajera tanta alegría a aquel pueblo ahora fuera la causa de una tristeza extrema.

Tan fuerte fue la presencia de los santos en su vida que ahora asistían al funeral, con sus inmaculados cuerpos de porcelana, encargándose de engalanar al adulado hombre de la caja, siendo alguna vez él el que engalanara al pueblillo de ensueño con los santos.

Don Luis Mondragón era un soñador de esos que pocas veces te encuentras, con un humor ácido ante la vida, mago de medio tiempo y dulcero de corazón, un escritor de cajón con los mejores versos aunque a veces no con la mejor ortografía, sueños plasmados en tinta y papel, resguardados como si de recuerdos físicos se tratara, un hombre lleno de vida en la juventud que poco a poco fue apagando su llama ante la situaciones de la vida, pero que aunque tratara de extinguirse nunca dejó de existir, dejando en su legado dos cartas legendarias, una para su misa y otra para su entierro, tan poéticas como los libros de Cortázar y brillantes como los ensayos de Octavio Paz, siendo las adecuadas para la situación y también siendo el único de una gran familia que tuvo el genio para pensar después de la muerte.

Un entierro frío en un pequeño cementerio con lápidas lentamente degradadas por el tiempo, tan lleno que hay sacos de huesos esperando aún su lugar en el suelo, acompañado por una peregrinación en la que todos tendrán un recuerdo del hombre dela caja, el cielo fue gris, pero nunca mojado, como si estuviera respetando al muerto. Los ángeles de piedra vigilaban la ceremonia cabizbajos, lamentando la perdida de uno de los pocos ángeles en vida, yacía el cuerpo bajando al agujero que sería su nuevo hogar, mientras un conocido leía la carta fúnebre del celebrado autor, todos lloraron de nuevo, pues era la última vez que verían a don Luis Mondragón.

La tierra cubría de a poco el ataúd, hasta dejar un bulto casi a la par con el maltratado suelo del cementerio, las personas se despedían y se alejaban a su vida normal mientras que otros miraban el antes inmaculado lugar del sepulcro lamentando aún más la perdida, había hombres mirando al cielo gris, había mujeres mirando al suelo gris, y los niños no tenían idea de que pasaba.

Ahora el cielo es gris, mientras yo escribo este discurso, que no espero leer en público, la lluvia golpea mi ventana y yo aparto las cortinas para poder coger la inspiración de aquel árbol seco frente a mí y de aquel entorno húmedo que me acompaña, estoy despeinado, sucio y triste, la taza de café está vacía y el sueño patea mi cara cada vez más fuerte, pero debo terminar, siento que es mi deber rendirle tributo a un hombre muerto, a un soñador, pues a fin de cuentas yo también soy uno y espero que cuando me muera alguien lo haga conmigo, me retiro ya, es hora de dormir, llorar y rezar, doy por terminado este escrito con lágrimas en los ojos, y con él cierro el último capítulo de la vida de don Luis Mondragón.

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