Crítica a ‘Scarface’

Cara Cortada / El Precio del Poder

1983

Universal

Dirigida por Brian de Palma

Con Al Pacino y Steven Bauer

 Siendo un clásico de las pelis de gángsters, es también, además de un disfrute total de violencia y ‘personajes repartiendo mierda por doquier’, motivo enorme de reflexión, sobre todo para nosotros como hispanoamericanos, que llevamos en nuestra historia la vergüenza cultural del narcotráfico. A pesar de tener una trama ficticia, contó con bastante documentación para retratar el mundo real de las drogas, y eso es algo que vale la pena destacar.

 Scarface narra el auge y caída de Tony Montana, criminal cubano llegado a los EEUU en 1981. Para salir de prisión, se le ofrece asesinar a otro recluido que había ayudado al régimen castrista. Luego, poco a poco él y su amigo, Manny Rivera (no, no es El Tigre), van completando misiones al estilo Grand Theft Auto bajo las órdenes de un drug lord, de modo que ambos terminan inmiscuyéndose en el mundo del narcotráfico, metidos entre traiciones, venganzas y ambiciones personales.

 Henry Ford criticaba duramente la inmoralidad en las películas de los años ’20, y seguramente se estaría revolcando en la tumba si se enterase de la existencia de cintas como esta. Sin embargo, a veces surge la cuestión de si es necesario plasmar en un producto audiovisual la dura realidad, como forma de denuncia social. Se podría decir que ese es el punto de vista de este filme, pero hay también cuestiones para analizar más a fondo.

 ‘Quien no conoce su historia, está condenado a repetirla’, reza el famoso refrán,  y ciertamente los hispanoamericanos debemos conocer esta parte de nuestro pasado (no muy lejano, por cierto) para mirar hacia un mejor futuro. Scarface nos muestra a Colombia y Bolivia como máximos exponentes del comercio ilegal de estupefacientes (al menos en esa época), lo cual puede ser interpretado como racismo anti-hispano, pero si vemos más allá, es cierto que nos merecemos este mal trato.

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Cuando vi esta escena, pensé “OMG, ¡somos famosos!” (soy boliviano), pero luego recordé que era una historia sobre drogas y se me pasó el orgullo.

  Particularmente, el personaje de Alejandro Sosa está basado en Roberto Suárez Gómez, rey de la cocaína en el corazón de Sudamérica. Cierta ocasión, este hombre se ofreció entregarse a Gringolandia a cambio de que los yanquis paguen la deuda externa de Bolivia y liberen a su hijito querido pechocho hemocho del alma. Pero no le dieron bola.

 En la vida real, él ayudó económicamente en 1980 al golpe de estado de Luis García Meza, el dictador más infame en la historia moderna del país. Su primo, Luis Arce Gómez, fungió como ministro de interior, y anunciaba así como así que todos debían andar “con el testamento bajo el brazo”, aludiendo a las masacres por venir. Es así, que este gobierno será recordado como ‘la narcodictadura’, por sus nexos con drogo-criminales de la peor clase. Como dato curioso: la ciudad de Montero, en el departamento de Santa Cruz, era la Meca del narcotráfico boliviano entre los años ’70 y ’80. Dato curioso 2: el año que se estrenó esta peli, la democracia retornaba al país, luego de un cuarto de siglo dictatorial, lleno de represión y persecusión.

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A la izquierda, el personaje 100% real no fake. A la derecha, la waifu 2D.

 Ilustro con este caso debido a que es necesario que, como latinos, tomemos conciencia de que si queremos una buena imagen cultural, debemos ganárnosla, para así borrar esa mala fama de ‘comerciantes de la blanca’. Sé que todos odian a Donald Trump por hablar mal de los mexicanos, pero hay que admitir que tiene razón en ciertos puntos. Hablar bien de la inmigración ilegal porque algunos obtienen oportunidades de trabajo es como hablar bien del narcotráfico porque algunos pueblerinos obtienen protección de los capos. Que algunos mexicanos cometan crímenes allá no quiere decir que todos sean malos, sí, pero por sentido común al mal se lo condena, no se lo alaba, y ese mal son esas acciones particulares. Yo como boliviano aborrezco a los cantantes nacionales de reggaeton, bachata y demás mierdas que ‘triunfan’ y ‘nos hacen populares’ en el extranjero, no considero que haga falta recurrir a un falso patriotismo para sentirme orgulloso de lo que no debería.

 El mensaje es recontra-pinches-moralista, pero hay que repetirlo hasta el cansancio para evitar las tragedias del pasado cercano: la droga nunca es buena, mata el alma y envenena. ¡Sí al deporte, no a las drogas! ¡No toméis drogas, niños! Más vale pájaro en mano que droga en el ano. Bueno, creo que me pasé. El punto es que la única manera efectiva de combatir un mal estereotipo no es tachándolo de racista o protestando por discriminación, sino creando mejores estereotipos, como los japochinos y su casi robotizada formalidad (qué agradables sujetos.jpg).

 Ahora bien, otro punto importantísimo a destacar es la conmovedora manera en que este filme retrata las relaciones familiares de nosotros los latinos. Tony, a pesar de su mala vida, regresa con dinero a su casa, pero al haber pasado tanto tiempo, su mamita le da la regañada del siglo por ausentarse sin mantener la comunicación, y decide botarlo de la casa. ¡Madre mía, por poco y lo saca a chancletazos!

 Tony tenía buena voluntad, lo demostró dejándole el dinero a su hermana, a pesar de que su madre no quiso recibirlo, pero no se dio cuenta de que el fin no justifica los medios, y que ese era dinero sucio, ganado con sangre y violencia. Lo malo es que termina siendo un maldito celoso que no quiere que nadie, ni siquiera su mejor amigo Manny, se le acerque a Gina. No obstante, a pesar de que no tenía autoridad moral para enojarse con ella (cuando la encontró entrando en un baño con un tipo), su actitud de no querer que ella se inunde de esta mala vida reafirma los lazos fuertes que tiene un latinoamericano con sus semejantes. Seremos todo lo mierda que queramos, pero no queremos que otros sean igual de mierda que nosotros.

 En fin, una vez rescatados algunas premisas éticas de esta cinta, tal vez sería hora de pasar al análisis técnico. No profundizaré en esto, ya que prácticamente no hay nada que no se haya dicho ya. Buena fotografía, buena dirección, buenas actuaciones (aunque a algunos les parece sobreactuada); en fin, un manjar cinematográfico. Ni qué se diga del icónico “say hello to my little friend!”, que ahora cualquiera con una pistolita puede balbucear para parecer cool.

 El prota, Tony, es un enano de pacotilla que quiere plata y putas. Empero, cuando alcanza todo lo que soñaba, no se muestra muy satisfecho que digamos. Es curioso tomar en cuenta que es un opositor al régimen cubano, y es criminal; por tanto, ¿el comunismo es bueno porque los criminales se oponen a él? Eh, no necesariamente. De todos modos, es interesante notar que a pesar de que los gringos odian a muerte a los rojitos, no tuvieron reparos en colocar a un personaje con su ideología capitalista y ambiciosa como alguien detestable en esta peli. Lo mismo pasaría unos treinta y un años después con The Interview (2014), la cual, a pesar de mostrarnos al gobierno trotsko norcoreano como lo peor de lo peor, tampoco habla muy bien de los estadounidenses: los retrata como estúpidos que combaten al comunismo aun con los individuos menos calificados para ello.

 El acompañante y mejor amigo de Tony, Manny,es un personaje que solo sirve de apoyo y carece de desarrollo significativo. Sin embargo, el actor que lo interpreta cumple con los requerimientos del papel, no se pasa de listo ni pretende brillar más de lo que le está permitido, eso hay que reconocerlo. En cuanto a Elvira Hancock (Michelle Pfeiffer), ¡es una badass! Puede que sea solo un objeto desechable más para contribuir al desarrollo del prota, al igual que Manny, pero muestra una personalidad más fuerte que este. Y, y, ¡es pelona!

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Las pelocorto son hamor, son bida.

 En fin, Scarface es una representación más que todo la podredumbre del poder, el cochino y asqueroso poder adquirido no solo por malos medios, sino también con malas y egoístas intenciones (sí, también se puede buscar el poder para hacer el bien). Tiene su lugar bien ganado en la historia del cine, y a pesar de lo cruda que es, ofrece un muy buen mensaje (al menos de manera subyacente) que no podemos ignorar.

 Veredicto: tan buena que te daría ganas de verla otra vez.

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